sábado, 30 de julio de 2011

Reencarnación o la breve historia de la salsa para la pasta.

Reencarnación o la breve historia de la salsa para la pasta.
Manuel Arrivillaga A.
                                                     
Llegó desesperada golpeando la puerta y gritando mil improperios ilógicos y con cierto sentido de racionalidad romántica y entrelazada por el tiempo de nuestra ya gastada relación, cuerpos cansados, mentes impenetrables, corazones ya apagados por el ritmo de cada uno ha sabido llevar en sus espaldas. Aquel espíritu de pesadilla e incertidumbre orquestada se hizo presente.

Escuche el sonido de sus llaves cayendo de sus manos, así supe que era ella, preferí saber que era ella por este ruido que por sus infinitas connotaciones al azar y en tono defensivo, defensivo de qué? contra quién? Ya sospechaba que el sentimiento podía ser tergiversado hasta convertirse en asco, una reacción netamente fisiológica.

Abrí la puerta y allí estaba, con el maquillaje que alguna vez marco una memoria de sobriedad, elegancia y feminidad regado por sus mejillas, cayendo desde los bordes de sus ojos hasta su barbilla y resbalando por su cuello. Su mirada, feroz e infinita dio un vuelco repentino cuando se encontró con la mía, nefasta, nauseabunda y arrepentida, ella dejó caer su cartera y me abrazó, consumando lástima y no amor del que hubo en algún momento.

Las palabras que salieron de su boca se notaban gastadas, estrujadas contra el magnífico filo de la verdad repetida una y otra vez, la fatiga y la mentira me venían a la mente cada vez que ella tomaba aire para seguir llorando, dándome así otra oportunidad para suplicar.
-No puedo, ya no puedo más.
Dicen que la verdad duele, pero aquella imagen que decretaba frustración y abandono pesaba más que el dolor, el hombro derecho de mi camisa se encontraba empapado en un charco de saliva y lágrimas que despedían melancolía y aliento a menta y cigarrillo a la vez que se confundía con el olor de la salsa para la pasta que almorzaríamos hoy, igual que todos los días.

Se sentó, tomo agua y me miro, esbozó una sonrisa flácida, tenue y valiente mientras me tomaba de la mano, fue ahí cuando supe que tendría que afrontar mi miedo más recurrente y perpetuo, ya todo había acabado y el único consuelo que me quedaba, por muy efímero que fuese o por muy fútil que se sintiese después de todo este tiempo, era su amistad.

Es curioso cuando uno necesita volver a nacer cuando no quedan más recursos que gastar.

-tómalo o déjalo.- dijo ella sin vacilación.

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