domingo, 9 de enero de 2011

5 promesas, primera parte.

Y allí perdida en ese sombrío bosque en el que los arboles se alimentaban de papel y las cigüeñas practicaban abortos se estremecía aquel rugido sin eco de una princesa sonriente ante la desdicha de su vida, aquel príncipe azul violáceo no había llegado a ese estado por sí solo, tuvo sus días de capa y espada, reales, avasallantes, veraniegos y llenos de afecto, tuvo sus días de princesas encantadas en estanques solitarios a la luz de la luna, este príncipe azul se había tornado azul por el más sencillo de los incidentes, por las satírica impresión de la comicidad vuelta venganza.

Un amor prohibido entre este príncipe de ojos verdes y una princesa de cabello enrulado, un amor que debía subsistir sin importar el tiempo y las feroces condiciones impuestas por ambos mundos, un reino depravado y vendido al consumismo en donde la vida era solo parte de la muerte y las ideas vienen en formatos, un reino deformado y corrupto en el que las sensaciones se venden a la media noche y los pecados se mezclan con el alcohol que exhala de las narices de los pueblerinos, pecadores todos, un reino predecible, insaciable, un mundo egoísta y pendenciero, el príncipe conocía de cerca estas sensaciones, sensaciones que a la vez, el príncipe quería dejar atrás, por eso realizo este viaje tan largo, tan infinito como el respiro de una llamarada, tan gris como el corazón de un cobarde y tan misterioso como un cofre a medio abrir. Buscaba dos virtudes, el amor y la libertad.

La princesa venia de un mundo amistoso y enamorado, un mundo donde todos son felices pues ignoran los peligros, un mundo en donde cada segundo es una celebración de la vida que se lleva por dentro, un mundo en donde las apariencias son solo mascaras y los uniformes solo existen en recuerdos fúnebres, un mundo sin ataduras de ningún tipo y donde la libertad de ser verdadero y de ser real solo la impones tu, un reino idílico en donde los problemas no son tales puesto a que tienen una solución, un mundo saturado quizás, de sonrisas que flotaban en el presente, un mundo en el que la vida es una oportunidad y no una competencia, un mundo rosado, azul, verde, naranja, amarillo, un mundo en donde el juego se confunde con la vida adulta, con ese estereotipo necesario que todos llevamos dentro, un mundo con una carga muy pesada, la esperanza.

La princesa espero sentada por siglos a que su amado llegara, la princesa espero con su alma desnuda y alegre, la princesa sentada en el muro de cristal de donde no podía bajar hasta ser rescatada por un verdadero caballero, un muro de cristal de más de un millón de metros de altura, guardado y protegido muy bien por serpientes de dos cabezas que hablaban aquel lenguaje engañoso del amor, un muro recubierto de espejos, espejos que reflejaban el alma hasta su más pequeño pedazo de oscuridad de todos aquellos que se atreviesen a subir por la princesa.

El valiente príncipe no hizo caso de advertencias de su padre, de su familia, de sus amigos, el corazón podía mucho más que la razón en este caso, así que las estrellas incandescentes fueron los únicos testigos de esta idílica búsqueda por lo sagrado, solamente un caballo, grande, fuerte, blanco y radiante, armado con una espada creada específicamente para él, la hojilla estaba hecha del más fino cristal, este cristal estaba hecho de lagrimas de orquídeas despechadas, miles de millones de estas lagrimas fueron recolectadas durante más de un siglo para crear el cristal más preciso, más hermoso y más resistente que jamás se haya creado, el cristal triste.

Con su espada, su caballo y mucho valor, el príncipe emprendió este viaje de ligeros lamentos y reflexiones sin esperanzas, paso por muchos peligros, cuevas de fuego, lagos de fantasmas, almas solitarias y bosques dormidos, incluso tuvo que matar a un niño de 7 metros de altura que jugaba con el creyendo que era una hormiga, sacrifico su dignidad cuando tuvo que engañar a un pobre pastor que pedía algo de comida, el pastor pedía unas simples migajas de pan, lo que el príncipe le negó por no saber cuánto le faltaba en su tortuoso camino, se enfrento a un espíritu condenado a cantar por la eternidad, sus cantos eran lamentos, lamentos que decían la verdad, la verdad sobre una niña abandonada y enterrada en el fondo del mar, la verdad sobre un testigo culpable de demasiada autocritica y de poca gestión de poder, la verdad de mil calambres que recorren su cuerpo por tanto cantar y fingir que es feliz, lamentos que contenían las mil lagrimas de aparente diversión, las mil lagrimas de oportunidades perdidas.

El príncipe sabía que algo peor se escondía, ningún viaje que guardara en su horizonte un futuro tan prometido podía ser fácil, o en su defecto, ningún viaje con un futuro tan brillante podía aparecer solventado con un poco de sudor y engaños.

Una noche enferma, de adivinanzas tediosas entre su conciencia y su culpa, de recuerdos perezosos de su padre y la corona, de su madre y sus miles de súbditos, de la pobreza injustificada de su reino su caballo herido y cansado pereció a orillas de las arenas negras de aquel desierto frio y sin nombre, aquel mismo desierto capaz de escuchar el semblante paso de los indefensos y arrastrados cuerpos que han corrido con la suerte de su fatalidad prematura e injustificada, el príncipe limpiando su ultima lagrima salada se despidió de su fiel compañero y comenzó aquella travesía él solo, sin más pecados que ocultar, sin más refugios en los que respirar profundo y ampararse de un destino oscuro, sin más oportunidad que el presente y sin más futuro que su reflejo camino, pero antes le dejo a su fiel amigo una cadena hecha de huesos rotos, la cadena había pasado de generación en generación y finalmente el había sido el heredero de turno, se rumoraba que esta cadena había sido confeccionada por una bruja de tierra, las brujas más poderosas dentro de la cofradía infeliz del reino del atardecer muerto, aquel reino oculto e ignorado por su padre y temido por todo su pueblo, esta cadena fue el resultado de una orden de Silvianya, hermana menor del príncipe y con un pasado un poco turbulento.

Cuanta la leyenda que silvianya se escapo de las fauces del castillo y viajo hasta el otro reino, aquel gris, aquel de atardeceres muertos, había escuchado que en el cementerio de sonrisas a la media noche una bruja de tierra aparecía y concedía un solo deseo, uno solo cada diez años, Silvianya espero sentada en una gran roca, con el frío como su más fiel compañero y con millones de sonrisas muertas esperando a ser rescatadas, silvianya espero hasta que el frío la consumió por completo y fue ahí cuando la bruja se apareció, tenía un rostro impecable, ojos azul cielo, nariz angosta y discreta, unos labios llenos y provocativos hasta de un inmortal, esta bruja se movía con total suntuosidad y elegancia, calculando cada paso y cada palabra que salía de su flamante boca.


-Tengo entendido que tienes una propuesta para mí, dice la bruja con una voz aterciopelada y melosa, sin embargo no es tu propuesta la que viene a ser de mi interés, es mi propuesta la que aceptaras a cambio de lo que quieres.

La princesa no podía hablar pues se encontraba atrapada dentro de su propio cuerpo, se encontraba helada y paralizada mientras un denso humo salía por sus fosas nasales, angustiada intentaba gritar y pedir auxilio, pero ni su lengua ni sus labios, ni su cabello enrulado se movían.

-sabes que no soy yo la que te paraliza verdad?, es el miedo que te petrifica, es la esperanza perdida ante un nuevo amanecer, son tus propuestas baratas y sin sacrificio real, no puedes hablar pero es porque tu quieres, no puedes mover un dedo pero es porque tu quieres, no puedes torcer la cabeza y mirar hacia atrás, corregir el pasado, pero es porque tu quieres, el que busca encuentra, tienes que ocuparte de la memoria en orden para alimentar el espíritu risueño que algún día hizo luminosidad en ti, solo así, con el corazón abierto hacia mí, podremos hablar, recuerda lo que es ser niña, recuerda el canto de las aves, recuerda el agua bajando por el manantial, el olor de las piedras del rio, recuerda la magia que brinda la inocencia, deja de un lado la oscuridad, deja de un lado el temor hacia lo desconocido, deja el temor hacia lo infinito, olvida el amor personal, olvida la fealdad de espíritu, revélate ante el encanto jovial y pasajero y afronta tu propia muerte, tu destino insignificante, afronta toda tu vida como tuya y deja vivir, recuerda y olvida, perdona y renace.

En este preciso momento la buja desapareció elevándose hasta confundirse con la negra noche, la princesa asustada y sin saber que hacer de pronto entro en pánico, su respiración la podía escuchar hasta las sombras de los arboles de aquel cementerio. La princesa plasmada sobre la tierra afloraba su tersa piel que contrastaba con la oscuridad de aquella tierra, no había remedio, no había salvación, sus ojos se fueron cerrando y así empezó a divisar sombras que se acercaban a su mirada, sombras que susurraban maldiciones, sombras congeladas y llenas de venganza, las sombras se confundía entre su abrir y cerrar de ojos, sombras que eran le eran muy familiares, agotada y bañada en frio la princesa cerro sus ojos, dejándose llevar por estas sombras malditas hacia el mar de los lamentos, su mente era un único trastorno alimentado por recuerdos familiares confusos, su padre, algunos súbditos, sangre, barro, traición y lujuria, su sangre corría por el rio mientras su madre lloraba angustiada, abrió los ojos en clamor de esperanza, recordó entonces los juegos con su hermano, como ella contaba contra una piedra y el se escondía, recordó entonces la leche que tomaban en la tardes, justo después de llegar de la escuela, recordó entonces aquella canción que rezaba su nombre en los coros, aquella canción que su madre le cantaba en las noches para que durmiera, recordó entonces a sus padre esbozando una sonrisa mientras ella dormía en sus brazos, recordó la temperatura del agua del rio en el que ella y sus amigas solían bañarse en los días de verano, un agua fría y tranquilizante, entendió entonces que la vida estaba hecha de solo una cosa, recuerdos, imágenes en su mente y que ella era la única que podía escoger como vivir su vida basada en estos recuerdos, si vivir perennemente asustada por un pasado tortuoso y recordarlo una y otra vez como un fantasma que vuelve a hacer hincapié en lo irrepetible o abrir su corazón a un mundo nuevo, lleno de expectativas y grandilocuencia, lleno de recuerdos hermosos y de aceptaciones al pasado, entendió finalmente que de esta forma era más sabio vivir, la vida era corta en sus tiempos y la incertidumbre de no saber lo que le esperaba cuando sus ojos ce cerrasen para siempre era suficiente motivo para envalentonarse ante esta y afrontarla tal y como es, una vida llena de situaciones, situaciones que contienen un aprendizaje y situaciones que se vuelven recuerdos, recuerdos que pueden no pueden ser selectivos y que por eso hay que tener la fuerza suficiente para enfrentarlos y aceptarlos, acumularlos en el pensamiento y dejarlos tranquilos, ella sabía muy bien que uno de los peores errores que un ser humano podía cometer era molestar a un recuerdo, esto podía ser fatal, así que con el corazón virtuoso y la esperanza como escudo soltó su primera lagrima de pura felicidad y sacrificio, esta lagrima comenzó a bajar por su rostro, rozando su cuello para luego bajar por su pecho, abdomen, cintura, piernas y pies, descongelándola por completo y haciendo la libre de aquella prisión que siempre había tenido, peo que ahora se había manifestado físicamente mediante esta enigmáticamente hermosa bruja.

La princesa Silvianya dio su primer paso, libre y admirando aquellas sonrisas muertas, mirando a su alrededor, preparada ya paz su segundo encuentro con la bruja de tierra, todavía hacía frio pero ya no importaba tanto, puesto a que su corazón se mantenía hirviendo, de pronto a lo lejos vio una luz, una luz blanca que despedía llamaradas de conciencia, sabía que tenía que ir hasta donde estaba ella.

 Mientras tanto el príncipe temeroso, ya adentrado dentro de sus sombras y augurios logro divisar una pequeña luz a lo lejos, una luz blanca y tenue que se desprendía del cielo como la más dulce mirada de su amada, sin pensarlo y con mucho dolor el pobre y desamparado príncipe apuro su paso, pensando únicamente en la esperanza de que quizás esa luz le pudiera decir algo sobre su destino, sobre su princesa, sobre aquella vez que durmieron hasta una eternidad sombreada y calmada, con aires de juventud y compañía perpetua, el príncipe esperaba de esa luz algo distinto, el príncipe apuraba su paso para encontrar la verdad.


Icho.

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